La historia de la Iglesia
Ortodoxa comienza en los relatos bíblicos. Como día fundacional es considerado
el día de Pentecostés en que el Espíritu Santo descendió en forma de lenguas de
fuego sobre los Apóstoles reunidos en Jerusalén. Del libro de los Hechos de los
Apóstoles sabemos que la primera Iglesia fue constituida en Jerusalén y fue
Santiago su primer Obispo. Pronto los miembros de esa primera Iglesia fueron
dispersados, a causa de las persecuciones que siguieron a la ejecución de San
Esteban y se refugiaron en las ciudades cercanas, principalmente en la gran
ciudad de Antioquía donde, los seguidores de Cristo fueron llamados cristianos
por primera vez. Las largas travesías evangelizadoras de Pablo, Bernabé y de
los demás Apóstoles hicieron expandir la fe cristiana por todo el Imperio
Romano y más allá de sus fronteras también. Se fueron estableciendo Iglesias en
todas las ciudades grandes y pequeñas y se comenzó a perfilar la estructura
administrativa de la Iglesia naciente.
Pronto
en cada ciudad habría una comunidad cristiana con un Obispo en su cabeza,
secundado por presbíteros y diáconos, a imagen de la primera Iglesia de
Jerusalén. San Ignacio Obispo de Antioquía (el
sucesor inmediato del Apóstol Pedro y discípulo del Apóstol Juan y de Pablo)
camino al martirio en Roma y alrededor del año 107, escribió unas cartas
dirigidas a algunas comunidades cristianas de Asia Menor. Las mismas son
valiosísimos testimonios acerca de lo que era la Iglesia, su naturaleza y
estructura. San Ignacio insistía particularmente sobre dos aspectos: el rol del
Obispo y la Eucaristía. Consideraba que la Iglesia es a la vez jerárquica y
sacramental. Decía: “Allí donde está el Obispo, allá donde está la comunidad,
así como donde se encuentra Jesucristo, allí está la Iglesia Católica”.
Los
fieles de la campiña pertenecían a la Iglesia de la ciudad más cercana. Cuando
una nueva comunidad crecía en número de fieles, obtenía el rango de Iglesia y
su Obispo recibía la consagración del Obispo de la ciudad más cercana y seguía
manteniendo con él una relación de respeto y reconocimiento que, más tarde, se
tradujo en una especie de dependencia administrativa. Así una Iglesia que había
tenido hasta dos Iglesias filiales, recibía el rango de Arzobispado y su Obispo
el título de Arzobispo, mientras
la Iglesia que había tenido más
de dos Iglesias filiales, recibía el rango de Metrópolis y su Obispo el título
de Arzobispo Metropolitano o simplemente Metropolitano. Más tarde, en épocas de
Constantino Magno, los Metropolitanos de las seis ciudades más importantes del
Imperio recibieron la distinción de Exarcas y todas las Iglesias de su
jurisdicción, coincidente con la división política del Imperio, pasaron a
tenerles como suprema autoridad de apelación en los conflictos resueltos en
primera instancia por el Obispo y el Presbiterio y, en segunda instancia, por
el Metropolitano y el Sínodo de Obispos, o en conflictos suscitados entre
Obispos y Metropolitanos. Queda sobreentendido que los Exarcas compartían estas
responsabilidades con el Sínodo o Colegio de Obispos de su jurisdicción.
Más
tarde aún, a partir de la época del Emperador Teodosio Magno y del III Concilio
Ecuménico, se comenzó a abandonar el esquema de las exarquías y prevaleció el
esquema de los cinco Patriarcados, a saber: Roma, Constantinopla, Alejandría,
Antioquía y Jerusalén.
Todos los Obispos están
investidos del carisma especial de enseñanza. Su función consiste en proclamar
la verdadera fe que Cristo es el Hijo de Dios vivo. Por tanto, cada uno de
ellos es sucesor de Santiago, de Pedro y de los demás Apóstoles. Así, en cada
Iglesia local se halla presente la plenitud de la verdad y del magisterio. Este
es, en breves palabras, el sentido de la Iglesia y, para hacer más eficaz su
testimonio y para resolver sus problemas comunes, se volvió habitual el
reunirse en Concilios. El primero en reunirse fue el Concilio Apostólico, que
tuvo lugar en Jerusalén, como está descripto en el capítulo 15 de los Hechos de
los Apóstoles.
A
partir del siglo III se reunían esporádicamente Concilios locales, provinciales
o regionales en la ciudad capital de la zona y presididos por el Metropolitano,
Exarca o Patriarca de la ciudad de reunión. Estos Concilios reforzaron por otra
parte el esquema administrativo patriarcal y metropolitano de la Iglesia.
Progresivamente se estableció de hecho cierto orden de precedencia y de honores
entre las Iglesias, basado, más que en otra cosa, en la importancia poblacional
y política de cada sede episcopal. En adelante, toda la historia de la Iglesia
Ortodoxa está relacionada y se puede resumir en la historia de los Concilios
Ecuménicos.
El primero se reunió en Nicea
(Asia Menor) en el año 325. Condenó al arrianismo -que enseñaba que Cristo no
es Dios, sino una hechura más de Dios- y proclamó que en Cristo hay dos naturalezas
inconfundibles e independientes, la divina y la humana (Cristo es Dios perfecto
y al mismo tiempo es hombre perfecto); redactó los primeros artículos del
Credo; unificó la celebración de la Pascua; dictó normas de gobierno
eclesiástico y de administración de los sacramentos; adoptó como propios los
llamados Cánones de los Santos Apóstoles; depuró y codificó los textos bíblicos
y litúrgicos.
El
II Concilio Ecuménico se reunió en Constantinopla en el año 381. Confirmó al
anterior, condenó a Macedonio -que enseñaba que el Espíritu Santo no es Dios- y
reafirmó que es en efecto una de las tres personas de Dios Trinitario (Santa
Trinidad). Completó la redacción del Credo, elevó la Iglesia de Constantinopla
al rango de Patriarcado, "por ser ésta la Capital del Imperio" y
estableció la precedencia en los honores (Roma - Constantinopla).
El
III Concilio Ecuménico se reunió en Éfeso (Asia Menor) en el año 431. Condenó a
Nestorio que pretendía que en Cristo hay dos personas, la divina y la humana.
Reafirmó que en Cristo hay una sola persona, la divina, aunque dos naturalezas
y, consecuentemente, proclamó a María Madre-de-Dios (Teotokos = Deipara, gr.
Θεοτόκος), reconoció la autocefalía de la Iglesia de Chipre y estableció el
celibato de los obispos. La Iglesia de Persia quedó separada del seno de la
Iglesia Católica.
El
IV Concilio Ecuménico se reunió en Calcedón (Asia Menor) en el año 451. Condenó
a Eftijís y a Dióscoro -que pretendían que en Cristo subsisten dos hipóstasis-
y confirmó la doctrina de los tres Concilios anteriores acerca de que en Cristo
hay dos naturalezas. Confirmó la precedencia en los honores del Patriarca de
Constantinopla y amplió su jurisdicción espiritual sobre los pueblos y los
países fuera de la jurisdicción territorial de las otras Iglesias, agregándole
el título de "Ecuménico". La Iglesia de Jerusalén fue elevada al
rango de Patriarcado con jurisdicción territorial propia, "por ser ésta la
madre de todas las Iglesias". Las Iglesias Armenia, Siríaca, Copta (egipcia)
y Etíope quedaron separadas del seno de la Iglesia Católica por dificultades
lingüísticas, culturales y políticas.
El
V Concilio Ecuménico se reunió en Constantinopla en el año 553. Condenó a
Diodoro y a Teodoro que pretendían que Cristo y el Verbo de Dios no son lo
mismo. No emitió normas de gobierno.
El
VI Concilio Ecuménico se reunió en Constantinopla en el año 680. Condenó a los
monotelitas -que enseñaban que en Cristo quedó una sola voluntad, la divina,
luego que la humana fuera absorbida-, proclamando que Cristo conservó ambas
voluntades, sometiendo Su voluntad humana a Su voluntad divina.
El Quinisexto Concilio Ecuménico (llamado así porque resumió la doctrina de
los dos Concilios Ecuménicos anteriores) se reunió en Constantinopla en el
año 691. Emitió normas de gobierno, adoptó como propias las resoluciones de
otros Concilios de carácter local, reafirmó la precedencia en los honores de
los Patriarcas en el siguiente orden: Roma, Constantinopla, Alejandría,
Antioquía, Jerusalén. El VII Concilio Ecuménico se reunió en Nicea en el año
784. Condenó a los iconoclastas que habían eliminado las imágenes de los
templos y restituyó el uso de los iconos (imágenes
planas con motivos religiosos, de estilo sobrio y característico)
proclamando que no son objetos de adoración sino medios que nos ayudan a
recordar las figuras de Cristo y de los Santos, dignas de ser imitadas por
nosotros. La veneración que les rendimos, no se refiere a los objetos mismos,
sino se eleva a la o las personas representadas. La prohibición del Antiguo Testamento
(no harás para ti ningún ídolo ni
semejanza alguna de lo que hay arriba en el cielo y abajo en la tierra...)
había cesado, ya que Cristo había estado entre nosotros y su figura concreta
podía ser representada y recordada, y tal representación no significaba un
peligro de convertirse en idolatría.
En
el año 862 comienza la misión evangelizadora de los hermanos tesalonicenses
Cyrilo, y Metodio entre los pueblos eslavos. Inventan el alfabeto eslavo,
redactan su gramática y sintaxis, y traducen la Biblia y los textos litúrgicos.
En
el año 864 el zar de los búlgaros se convierte al cristianismo.
En
el año 867 ocurre el efímero cisma entre la Iglesia del Oriente y la Iglesia
del Occidente en tiempos del Patriarca Focio. Se restablece la paz y la unidad
junto con el texto original del Credo Niceno-Constantinopolitano. El problema
del "filio que", de origen español, había sido discutido ya en el
seno del II Concilio Ecuménico y había sido rechazado. Más tarde (año 1054)
habría de convertirse nuevamente en aparente motivo central del Gran Cisma,
como lo fue en el 867.
En
el año 988 se produce la conversión del Príncipe de Kiev Vladimiro, nieto de la
cristiana Princesa Olga y la conversión de Rusia.
En el año 1054 tiene lugar el
Gran Cisma. La Iglesia Oriental u Ortodoxa permanece fiel a la doctrina y a la
Tradición Sacra de los Concilios Ecuménicos, mientras en el Occidente se
comienzan a introducir algunas reformas. El método de pensamiento que se sigue
en el Oriente es el platónico o más precisamente el neoplatónico cristiano. En
el Oriente es necesario pensar y creer como los Concilios Ecuménicos y el
consenso del pueblo cristiano.
En
el año 1963 se produce el histórico encuentro entre el Patriarca Ecuménico
Athenágoras y el Papa Pablo VI. En el año 1964: Se revoca recíprocamente el
anatema de 1054 y en 1979 se establece una comisión de dialogo teológico entre
Roma y Constantinopla en las figuras de Juan Pablo II y el Patriarca Ecumenico
Demetrios I.
La
fe de la Iglesia Ortodoxa se sintetiza en el Credo niceno-constantinopolitano.
Allí se expresa la fe en un único Dios Trinitario. Creemos que existe un único
Dios Padre Omnipotente creador del cielo, de la tierra y de todo, sea visible o
invisible.
Creemos
en el Señor Jesucristo que es Hijo de Dios pero de la misma esencia que el
Padre, nacido del Padre antes de todos los siglos. Nació como hombre perfecto,
del Espíritu Santo y de María la virgen, igual a nosotros en todo menos en
cuanto a la santidad, predicó a los hombres el Evangelio del Reino de Dios,
padeció, fue sepultado y al tercer día resucitó para abrirnos el camino a la
salvación.
Creemos
en el Espíritu Santo que procede del Padre así como el Hijo nace eternamente
del Padre. Así el Padre es el epicentro de la Santísima Trinidad.